La culpa debe ser de la luna

Jorge Cabanillas Quispe

Luego de moverse de un lado para otro, supo con certeza que esa noche tampoco iba a dormir. ¿Cuántas noches más?, se dijo y suspiró. Había salido a caminar y recorrido su ciudad de canto a canto, había corrido y obedecido sugerencias; pero a pesar de que se sentía cansado, no podía conciliar el sueño. Había también, muy a su pesar, obedecido a su maestro quien le había dicho que no lea libros tristes en las noches, ¿qué podría leer entonces si en su biblioteca, de la que fueron desterradas muchos libros, la desventura rebalsa en cada libro? Ya ni siquiera tenía ganas de fumar o de escuchar los vinilos que estaban en su sala. Evitaba ver las noticias de política porque le hervía la sangre de ver tanta ineptitud y cinismo, mucho menos se detenía para ver noticias de actualidad que solo lo ponían triste.

La culpa debe ser de la luna se dijo a sí mismo y se puso un polo para dirigirse al malecón donde podría mirarla; entonces recordó sus primeros pasos por ese lugar, recordó que nunca le había gustado su ciudad, que la quería y que no podía irse de ella, aunque quisiera, pero no le gustaba. Recordó de pronto las anécdotas de luna llena como cuando era niño y se chocó con un poste porque nunca la había visto brillar tanto, los puchos y las rolas con las que pasó algunas noches de su adolescencia contemplando su resplandor, o las últimas noches en las que se quedó completamente despierto viendo beber a unos extraños en el parque, mientras él le hacía salud. Seguramente, esa noche ese astro hermoso que no dejaba ni un solo rincón a oscuras de su ciudad y que alumbraba a cientos de niños felices jugando en algún parque, a parejas jurándose amor eterno o a alguna madre preocupada en la puerta esperando a que su hijo llegue, lo había mantenido despierto durante esa temporada de insomnio para que él, muchacho terco, loco y triste, pueda salir a su encuentro, para que hablen como lo hacían durante otras noches, para que le cuente qué había sido de su vida, si ya había aprendido a sonreír, si ya había dejado de fumar como chino en quiebre. Una brisa fresca golpeó su cara porque sintió que no era feliz, porque sintió que estaba cansado y que no podía dormir, porque sabía que algo dentro de él se había quebrado una vez más. Después de todo quizá este lugar sea satélite de tu planeta; tal vez seas una divinidad que sale en las noches a alumbrar nuestra torpeza. Cómo sea, sé que las noches en las que tú sales siempre termino hablando solo, pensando en cosas que no quiero, en personas que no me recuerdan nunca, pero siempre termino reconfortado, dijo casi silabeando y mirando fijamente al astro. Unas hojas cayeron en el río y formaron una figura bastante parecida a un barco; entonces comprendió que la lluvia estaba cerca y que ya era tarde.

Volvió caminando a su casa con temor a que le roben y una vez en su puerta descubrió que no tenía llave, no quiso molestar a nadie con duplicados pues supo que ella, la luna, esa noche tampoco iba a permitir que duerma y lo iba a obligar a velar con ella. Se dirigió hacia el parque y encendió un cigarrillo. Mientras la lluvia caía a chorros, se decía a sí mismo que, definitivamente, la culpa debía ser de la luna, pero que allí iba a estar por lo menos un momento lejos de su penumbra.

     
 

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