La democracia nos cuesta, los partidos también

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

La democracia nos cuesta. Un gran presupuesto público que debe sostener la burocracia de los organismos electorales, financiar los procesos eleccionarios, abonar las dietas y gastos de representación; y desde hace unos años, también financiando a los partidos políticos con representación parlamentaria. Es así que la ONPE acaba de oficializar los montos que recibirá cada partido político en los próximos 5 años; un total de 77 millones novecientos ochenta mil soles salidos de nuestros impuestos a las cuentas de 10 partidos, encabezados por Perú Libre.

Ahora no solo debemos costear la planilla de 25 mil soles mensuales a congresistas por presentar absurdos proyectos de ley para proteger a las gallinas; como el presentado por la señora Susel Paredes del Partido Morado; sino también, debemos pagarle a su partido (que sospechosamente pasó la valla a las justas) la suma de 6 millones de soles, desembolsando a sus cuentas casi medio millón de soles cada mes. Comparar estas cifras con el desempeño de los partidos políticos, con la labor de sus representantes y con el aporte que le hacen a la democracia y al país, es —como diría el ministro Francke— para que nos pique el ojo y nos hinque el hígado. ¿Cuántas ollas comunes, comedores o centros de acogida podrían financiarse con ese dinero?

Los defensores del estatismo, que son quienes han impulsado estas leyes para que se financie partidos con nuestro dinero, dirán que el financiamiento público es para evitar que dinero sucio entre a las campañas y que los privados no financien ya a los partidos; para tener un mejor control, transparentar las finanzas partidarias y ayudar a tener partidos políticos más fuertes e institucionalizados. Promesas y objetivos que, por lo visto hasta ahora, sólo se ha quedado en la norma, el portal web de la ONPE y la candidez de quienes confían en el Estado y en sus gurús de turno, como si de profetas espirituales se tratara. Y bueno, ya saben que los gurús tienen esa capacidad para fascinar y encandilar a quienes andan carentes de sentido o conocimiento sobre algo. Tal es pues la ingenua fe en que el financiamiento público nos dará mejor democracia o mejores partidos.

Nuestro país necesita con urgencia una verdadera reforma política; no esas maquilladas medidas ideológicas que se han montado»

La mejor manera de fortalecer la institucionalidad de un partido político es que esta se construya sobre la base de ideas comunes, que implique e involucre el esfuerzo de quienes comparten dichas ideas; cuotas mensuales de la militancia, aportes de quienes ven sus ideas y valores reflejados en la propuesta y las banderas de dicho partido; eso le daría vigor y fuerza a una propuesta política organizada, además de transparencia y honestidad para cumplir con esa función de representación y expresión de un conjunto de la población que Giovanni Sartori consideraba consustancial a todo partido político.  Si un partido se aleja de esas dos funciones, pierde esencia, se convierte en un aparato vacío de contenido que solo sirve de herramienta de poder, difuso y particular, carente de valor democrático y sujeto a los intereses de sus dueños; como esos partidos que han negociado su apoyo a Castillo durante la votación de vacancia, no a cambio de reformas o propuestas de gobierno; sino, mezquinos intereses particulares que ya empiezan a notarse.

Nuestro país necesita con urgencia una verdadera reforma política; no esas maquilladas medidas ideológicas que se han montado con los «expertos» de una pomposa comisión de alto nivel dirigida por el eterno consultor de temas electorales y políticos Fernando Tuesta, que en buena cuenta es uno de los grandes responsables de tener una institucionalidad democrática y un sistema político tan inestable, informal y corrupto. El buen Tuesta nos quiere vender una lista paritaria de mujer, varón, mujer y un gasto adicional para una elección primaria como la gran reforma. Una reforma política que busque una representación honesta y valiente de las diferentes sensibilidades y valores que hay en nuestro país, donde el financiamiento de los partidos políticos debería ser enteramente privado; con los aportes de sus militantes, con actividades financieras que le den carácter, dignidad y autonomía; esa que ahora no tienen pues están sujetos al mandato imperativo de la ONPE y del JNE que en la práctica se han convertido en estructuras políticas con contenido ideológico y con pinzas de poder que irrumpen en el tablero político. De que otra manera se explica que pongan agenda en los debates, que impongan temas y enfoques sobre los cuales deben actuar los partidos políticos.

La democracia y los partidos cuestan, pero desde una miraba liberal, no deberían costarnos a nosotros.

     
 

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