La diferencia entre víctima y victimario

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

Imagínese usted y su familia en su hogar. De pronto, un día, mientras sale a trabajar, unos delincuentes ingresan y destruyen sus bienes que con mucho esfuerzo han adquirido. Ingresan a la habitación de una de sus hijas y abusan de ella y la matan. Usted no se encuentra en ese momento, pero al llegar encuentra a los delincuentes asaltando, destruyendo y matando a sus familiares. Coge el arma que lleva con usted y dispara, mata a dos de ellos y toda la casa se convierte en un escenario de terror.

Aunque parezca la escena violenta de una película de horror, de connotaciones psicopatológicas y donde los personajes muestran conductas violentas; probablemente casi todos, estaríamos de acuerdo en que ese padre actuó con violencia en legítima defensa de su hogar, ante los crímenes que los invasores cometían. Han entrado a su casa y no solo han destruido bienes materiales, han matado a una de sus hijas, cuya protección estaba a su cargo. Todos estaremos a favor de ese padre y condenaríamos a los asaltantes. ¿Verdad?

Pues si es así, ¿cómo es que al momento de valorar los hechos sangrientos que se han sucedido durante la época del terrorismo, no la tenemos tan clara?, ¿Cómo es que a muchos se nos ocurre comparar y equiparar al terrorista que destruye el país, su economía, que asesina autoridades, personas humildes, mujeres y niños, con el Estado que actúa para defenderse?, ¿Cómo es que podemos creer que Abimael Guzmán es equiparable en crímenes con Alberto Fujimori?, ¿Cómo el que ataca para destruir y matar, puede ser igual al que se defiende y para eso, tiene que matar? Son preguntas que caen pesadas, como las torres que volaban los senderistas en los años 80, vuelan por los aires como las esquirlas de los coches bomba y la piel destajada de las personas que despedazaban con dinamita, como la legendaria dirigente popular María Elena Moyano, que se les enfrentó en el populoso Villa El Salvador. Preguntas que se impregnan en la conciencia, como la sangre de 30 mil peruanos, cuyas muertes han servido para escribir la delirante tesis del marxismo, leninismo, maoísmo. No hay forma de que esas equivalencias tengan un ápice de moral, ni de sentido común siquiera. No hay forma de pensar en que víctima y victimario sean iguales, sin sentir vergüenza de que sea así.

Y es eso. Vergüenza lo que sentimos cuando cientos de peruanos; muchos de ellos jóvenes que secuestrados por el odio sembrado y la beligerancia narrativa de quienes quieren rehacer la historia y ocultan sus ideologías en constructos teóricos que cambian terrorismo por «conflicto armado» o «guerra interna»; que equiparan terrorismo comunista con terrorismo de Estado (eso es otra cosa, que se da en regímenes fascistas y comunistas, totalitarios sin más) sin el menor respeto por las tradiciones conceptuales y adornando con neologismos postmodernos lo que constituye una única verdad. El Perú fue atacado por un grupo de gente ideologizada que en nombre del pueblo y de la igualdad comunista, destruyó, asesinó y llenó de horror la historia del último tramo del siglo XX peruano y el Estado, aún con torpezas y errores y delitos particulares, solo se defendió.

Ante esa realidad nos queda la tarea impostergable de retornar al sentido común de reconocer los hechos históricos por lo que fueron, no por lo que a golpe de tinta y propaganda quieren hacernos creer que fueron. El terrorista mayor y cabecilla de este grupo sangriento, ha muerto; pero el terrorismo no necesariamente ha muerto con él. Está ahí, agazapado como una fiera que espera para saltar nuevamente a morder la moral y la integridad de nuestra gente, aprovechando que bajamos la guardia y torpemente relativizamos su poder destructivo mientras estamos en el tablero operativo de quienes buscan nuevamente agudizar las contradicciones y enfrentar al país, peruanos contra peruanos, con las excusas emocionales de siempre.

No bajemos la guardia contra el terrorismo y combatamos las ideas que le han dado forma y fuerza y no caigamos en la trampa retórica de creer que son igual de criminales, quienes atacan y quienes se defienden; creer eso, es no solo inmoral, sino, profundamente tonto.

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