La máquina del tiempo

Jorge Cabanillas Quispe
  • Is a dream a lie if it don’t come true
  • or is it something worse
  • that sends me down to the river
  • (Bruce Springsteen)

Muy probablemente volvería algunos años atrás para tratar de ser un joven contestario que pueda evitar que ese nefasto sujeto que gobernó su ciudad y la convirtió en un chiquero durante dos períodos logre la victoria; quizá hubiese obviado alguna que otra frase que vociferó a las personas que quiere o que alguna vez quiso o tal vez simplemente se sentaría a contemplarse sin mover un solo dedo para evitar que cometa alguna de las tantas estupideces que durante su vida pasada había hecho. Quién sabe, lo cierto, en ese instante, era que aquel sueño lo había dejado sumamente pensativo y no era para menos, pues él, un insomne por vocación, pocas veces dormía y menos veces aún soñaba. «¡Vaya locura, volver en el tiempo!» pensaba mientras caminaba por su ciudad con un cigarrillo en la mano y miles de recuerdos que lo abordaban. Eso era una forma de volver en el tiempo, después de todo, pensaba en sus amigos de colegio, era una estrategia para los días nublados: en Nando y cómo la lluvia influía en su carácter; en Rolando y sus bromas o las tardes de domingo con sus infaltables matinés en La Granja; en Antonio, de apariencia tranquila, pero que casi asfixia dos veces un par de compañeros; los procesos del buen Álvaro quien hoy con menos cabello del que tenía en aquel tiempo ha de estar en algún lugar de la selva pensando con la mirada fija en saber Dios qué, pero feliz, seguramente que sí; en Chepe que llueva, truene, tiemble la tierra o alguien muera cumplía sus religiosas jornadas de juegos en su computadora.

Sonríe y siente que vuelve a ser feliz. Camina como siempre hacia el malecón a observar el río y de pronto como si se tratase nuevamente de un sueño en medio de sus aguas, Felipe se ve a sí mismo patiperreando por las calles de la ciudad con sus amigos, se ve risueño, poco o nada le importaba en ese entonces que su ciudad esté en una parálisis permanente; no podía imaginar en ese entonces que años después llegue a sentir lástima por ese lugar tan desolado; reconoce a algunas personas y se da cuenta de que su memoria cada vez está peor, «cómo quisiera tener la capacidad de olvidar otras cosas», suspira. Ve a sus muertos, a sus abuelos en una fiesta en honor al niños Jesús, a Francis con el cabello crespo y largo jugando junto a él y en ese momento se topa con una realidad que hasta ese entonces había negado, por más de que lo hubiera querido, por más de que esa vuelta al pasado sea posible no podría aplazar ni un solo minuto la hora de sus muertes.  Ve con mayor claridad sus errores, es consciente de que por más máquinas del tiempo que se puedan inventar en este planeta, los humanos no podríamos postergar ni corregir ni uno solo de nuestros errores porque el yerro es también parte de nuestra esencia.

Ya vuelto en sí, Felipe continúa su camino por el malecón con la certeza de que un sueño que no se cumple es simplemente una mentira, una trampa de Morfeo y sus secuaces para darle una razón para vivir, porque todo sueño, o por lo menos todos sus sueños lo ponían en un escenario improbable, con personas que ya no estaban, con seres que no existían, en una ciudad que nunca vio y con una alegría que apenas logra recordar. De repente, la lluvia comienza a caer y en medio de ese oscuro e inhóspito malecón observa una flor naciente que recibe el agua del cielo; entonces, sus ojos húmedos y brillosos le revelan que ya no estaba soñando que esa pequeña plantita parece gritarle que no es necesario inventar una máquina del tiempo para ser mejores e intentar por lo menos un instante ser feliz.

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