La venganza del perro

Doenits Martín Mora

Habían terminado la cena navideña, pero aún permanecían en la mesa, comentando la sazón del pavo, los arroces, el recalentado posterior, cuando la hija menor de la familia ingresó al comedor con ojos llorosos:

—Se ha perdido Badulaque.

Varios pares de ojos se volvieron hacia ella, incrédulos.

—Debe estar debajo de tu cama. ¿Buscaste bien? —dijo el padre.

—Sí.

—¿No se habrá metido en el cuarto de mamá? —dijo el hermano mayor.

—No está. Ya busqué.

—Tal vez está en el baño o el gallinero —dijo el segundo hermano.

—No contesta. Lo busqué con la linterna del celular. En el gallinero ni animales tenemos.

—Ese Badulaque no sale así nomás —comentó la madre—. Debe estar en algún rincón, asustado por las explosiones de los cohetes.

—¿Pero y si ha salido? —intervino la esposa del hermano mayor—. Las explosiones lo habrán asustado peor.

¾A los perritos de raza se los roban rápido ¾comentó la esposa del otro hermano¾. Yo perdí un chihuahua, perro carísimo

La muchacha sollozaba con los brazos cruzados; sus ojos lucían húmedos, los párpados hinchados.

—Hay que llamar a los chicos. Ellos están afuera desde hace rato —dijo la madre. Y levantó la voz—: ¡Rodriguito, Marcelo, entren!

Los adolescentes aparecieron, agitados y asustados.

—¿No han visto salir a Badulaque? ¿No lo habrán asustado con los cohetes?

—No, abue —dijo Marcelo—. Nosotros estamos jugando en la vereda de enfrente.

—¿Y tú, Rodriguito?

—Yo solo vi gatos en los postes. Si ha salido, será cuando estábamos ocupados.

—Ya ves, mamá —volvió a secarse la mejilla la muchacha—. Ayúdenme a buscarlo, por favor, debe estar cerca. Ni siquiera ha cenado.

Con desgano y pesadez, los hermanos mayores y el padre se pusieron de pie. Salieron del comedor secundados por las mujeres y ambos nietos. La madre se quedó en la mesa, aguardándolos.

—Tú busca por la derecha —ordenó el padre al hermano mayor, cuando estuvieron en la calle—; yo iré con Dominic por la izquierda. Si lo encontramos, silbamos para volver a la casa.

Los tres hombres se separaron, alejándose en medio de la oscuridad. Las mujeres se quedaron en la puerta con los adolescentes, mirando hacia ambos lados de la vía por si distinguían a Badulaque. La muchacha no dejaba de sollozar en silencio.

En el interior de la casa, la madre quiso levantar los platos para lavarlos, pero primero decidió ir a miccionar. Se puso de pie y, arrastrando su pesado cuerpo, se dirigió al cuarto de baño. Se había sentado en el inodoro, cuando creyó oír pasitos diminutos acercándose y alejándose por el pasadizo. ¿Badulaque? Sin embargo, continuó hasta terminar.

Badulaque, al no percibir detonaciones, mucho menos la presencia familiar, salió del gallinero donde había permanecido en un rincón, temblando de miedo, con las patas cubriéndose las orejas para soportar la tortura de los cohetes.

En el comedor, miró las sillas vacías, platos con resto de comida sobre la mesa, un gran pedazo de pavo en una charola. Sintió apremio en el estómago, ansias incontenibles, su paladar inundándose de saliva. De un salto, subió a una silla y, apoyando las patas delanteras, engulló lo que pudo del pavo. Unos pasos se acercaban. Alguien gritaba su nombre con estupefacción. No le importaba ser castigado después de una noche aterradora.

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