La violencia no tiene género

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

¡La violencia no tiene genero! Sentenciaba Macarena Olona, diputada española del partido político VOX, tras afirmar con seguridad desde el atril principal del Congreso que «el hombre no viola; viola un violador. El hombre no mata; mata un asesino. El hombre no maltrata; maltrata un maltratador. El hombre no humilla; humilla un cobarde…»  ¿Cómo no estar de acuerdo?

Hace unos días se celebró el Día de la No Violencia Contra la Mujer; una fecha ya icónica en la cual, mediante marchas vibrantes y conmovedores discursos y, por supuesto, una colorida parafernalia se evidencia el ascenso del feminismo como propuesta ideológica y política; pues detrás de lo que podría ser un homenaje hondamente sentido por todas las mujeres que han sido víctimas de violencia, se oculta un afán igualmente violento que va expandiéndose por el mundo y va demarcando la nueva dicotomía del siglo XXI, una marcada oposición dialéctica entre hombres y mujeres donde al grito de «muerte al patriarcado», las más feroces activistas del feminismo posmoderno buscan iniciar su propia cruzada por conquistar el poder y arrebatárselo a quienes lo han ostentado durante todo este tiempo, aunque esto signifique dividir el mundo entre mujeres (buenas) y hombres (malos) sólo por su condición sexual.

La violencia no es un mito ni una construcción social, como equivocadamente se enseña en las facultades de Ciencias Sociales y de Psicología. Esta es una manifestación precedida y estimulada por una serie de factores poco visibilizados en medio de tanto ruido feminista y sus eslóganes emocionales. La violencia es fundamentalmente una manifestación reactiva ante una serie de estímulos que abarcan condiciones neurobiológicas, ambientales y genéticas que se conjugan para exteriorizar una conducta violenta.

La violencia no tiene una definición clara y de consenso, es por ello que su asignación semántica y su valor significante puede ir desde un crimen que acaba con la vida de una persona hasta una mirada sostenida por parte de un desconocido. Y ese es probablemente el gran problema al momento de enfrentarla y controlarla desde las políticas públicas y el esfuerzo colectivo: la violencia tiene demasiados rostros y muchos de esos rostros son apenas máscaras distractoras que hacen perder de vista el objetivo.

El feminismo, que ha marcado la pauta y ha trazado la ruta de las políticas públicas de protección a la mujer y de lucha contra la violencia, viene fracasando sin ninguna duda y sin ninguna vergüenza, pues las cifras reflejan que cuanto mayor es el ruido y las estrategias feministas, mayores son también los casos de violencia.

Por decirlo de un modo narrativo, las políticas feministas a favor de la mujer son como ese rey desnudo que creía vestir un traje nuevo que sólo los inteligentes podían ver y que nadie se atrevía a decir que no se veía y por ende el rey estaba desnudo por temor a ser castigados o parecer estúpidos. Del mismo modo, nadie se atreve a decir que las políticas feministas de protección a la mujer son un desastre, pues corre el riesgo de ser etiquetado como machista, violento, un cerdo heteropatriarcal.

Recogiendo las palabras de Olona, la violencia es en esencia una condición adherida a la naturaleza humana, indistintamente de la condición de hombre o mujer; por lo tanto, las discriminaciones ideológicas y su uso político que se ve reflejado en el concepto de violencia de género están equivocados, pues afirman la falacia de que las personas son victimas por su condición de género y no por las complejas circunstancias que suelen rodear los hechos de violencia. Por el contrario, las políticas feministas son un acto violento contra los hombres, pues los condena por el solo hecho de serlo, inclinando las leyes en su contra y gestando condiciones reactivas que generan más violencia, reforzando el ciclo de este.

Finalmente, es bueno precisar que la violencia se manifiesta más, ahí donde el respeto escasea o banaliza, y que ese respeto comienza por uno mismo. Por ello me resulta de una contradicción colosal que, mientras se demanda el cese de la violencia contra la mujer y se promueve la deconstrucción de las masculinidades, al mismo tiempo se alienta una cultura que viene denigrando la constitución moral de la mujer, convirtiéndola en un objeto sexual, ese credo que sigue la generación Bad Bunny.

Hagamos del respeto nuestro principal código moral para vivir en sociedad y no olvidemos que la violencia no tiene género.

     
 

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