Nombres raros y algo más

Andrés Jara Maylle

Sabido es que en estos tiempos modernos los padres pueden endilgar cualquier nombre a sus hijos. Nombres de origen español, quechua, inglés, francés, ruso, etc., y etc. Están en su derecho. Hay progenitores que, vanidosos o ególatras, ponen el nombre del papá, si es que el hijo es varón; o de la mamá, si es que es mujer. Así intentan perpetuar e identificar con sus nombres su descendencia hasta la eternidad.

En los tiempos de mis abuelos, sin embargo no era así. Los padres estaban obligados a poner nombres a sus hijos según el santoral cristiano. La iglesia tenía mucho poder en aquella época y la feligresía era muy obediente que acataba la «orden» sin chistar. Es el caso de un pariente antiguo cuya hija nació un cinco de junio. La bautizaron con el nombre de Bonifacia. Bonifacia ya debe ser una mujer adulta y, creo, que hace tiempo ha cambiado su nombre por la vía legal. Así, dependiendo de la fecha, podrían llamarse Ecarnación, Segundina, Pánfilo o Pánfila…

Sé de padres que, ideologizados hasta la médula, endosan nombres de políticos de toda laya a sus inocentes hijos. Así, un vecino, por ejemplo, tiene un hijo ya adolescente que se llama Fidel Raúl, seguramente en homenaje a los dos mandamases más importantes que ha tenido la hermosa isla de Cuba en los últimos sesenta y cinco años. Una exalumna de hace muchos años (muy aplicada, por cierto) tenía un raro nombre: se llamaba Benying Wang. Cuando le pregunté a qué se debía su nombre, me dijo que su papá, sobre todo, idolatraba a la China comunista y a Mao Zedong. Por ello a todos sus hijos les puso nombres similares: Wing Shiping, Yao Gangyi, Yung Mensi. Tengo un colega que tiene una hija, ya profesional a estas alturas de la vida que se llama Tereskova Ninahuayta. Inquiriendo, me explicó que esos nombres son un doble homenaje: el primero a la cultura soviética (que ya no existe) y el segundo, a la gran cultura andina, del cual él dice que es procedente.

Sé de padres que, ideologizados hasta la médula, endosan nombres de políticos de toda laya a sus inocentes hijos»

Conozco también a un joven y exitoso profesional que tiene dos nombres: Esteban Pavletich. Me cuenta que su padre era un asiduo lector del folleto Autopsia de Huánuco de don Esteban. Y como por esa época nació su primer hijo, el padre no dudó en embaucarle el nombre y apellido del que dice fue secretario de Sandino. Y apropósito de estos datos un docente universitario, en la década del ochenta del siglo pasado, tenía el gran sueño de que su primer vástago sea varón, para ponerle un significativo nombre: Lenin, en homenaje que ustedes, amables lectores, ya saben a quién. Sin embargo, le nació una hermosa niña. El docente universitario, impermeable al desaliento, le puso de nombre Lenina. Y salió, triunfal, del apuro.

Una colega de un importante colegio de Huánuco me jura y rejura que entre sus alumnos hay uno que se llama Vil Ruin. Sí, así con «uve». Creo que los padres del pobre Vil Ruin merecen la horca por ignaros e infames.

Entre los muchos nombres raros que me he topado a lo largo de mi existencia está el caso de Tiwinza, que un padre patriota le puso a su hijo en homenaje al territorio del mismo nombre recuperado por las tropas peruanas en unas escaramuzas guerreras en la frontera con el Ecuador, el año de 1995. También está la de una humilde señora llamada Ajedrez, quien no sabe jugar ese deporte ciencia ni tampoco sabe por qué sus padres, que ya no están en este mundo, la identificaron así en la pila del bautismo.

Un amigo le puso un raro pero bonito nombre a su hija: Ludmara. Él mismo me explicó que en ese sencillo sustantivo de tres sílabas están las iniciales de los nombres de su esposa y de él mismo. También puedo citar el nombre extraño de un joven colega que cumple cabalmente su rol de docente en alguna parte de Huánuco: Goldsmith Crinwild.

Pero creo que las palmas se las lleva una ahijada de mi papá que vive en las alturas de Churubamba. Supongo que sigue por allá, pues ya no la vemos hace varias décadas. Sucede que por los primeros años del setenta del siglo pasado, el papá de la ahijadita, cada vez que venía a Huánuco se alojaba en nuestra casa y nos acompañaba varios días. En uno de esos viajes, con la venta de dos carneros, se compró un pequeño radio transistor a pilas, para escuchar huaynos y también para estar al día con los acontecimientos del Perú y del mundo. Encantado con esa nueva adquisición retornó a su pueblo. A la vuelta de un año, llegó a la casa nuevamente, con una linda niñita en sus brazos, toda chaposita y quemadita por el inclemente frío de su estancia lejana. Era una niñita sana y rolliza que amamanta de su madre a cada instante. Cuando una de mis hermanas, encantada con la belleza de la bebé, les preguntó a los padres qué nombre la habían puesto, ellos, orgullosos, dijeron casi en coro: se llama Vaselina.

La culpa lo tiene el radio transistor. A través de ese aparato seguramente escucharon la propaganda que hacían para esa pasta, pomada o ungüento de uso común en los hogares. «De la radio hemos sacado ese nombre», dijeron, con inocencia suprema. Vaselinita, como la llamábamos en esa época o Vaselina, como seguramente la llaman ahora, debe tener por lo menos unos cincuenta años. Sus padres, campesinos generosos y muy trabajadores, han muerto hace ya mucho tiempo. Y yo los recuerdo con cariño.

                                          Huánuco, 9 de junio de 2024

     
 

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