Pobreza de mente

Edgard A. Gaspar Vergara
Comunicador Social

Las notas inciertas del órgano electrónico tejen una invisible telaraña musical tratando de establecer un vínculo coherente entre lo amateur y lo solemne, mientras algunas voces desgranan, taciturnas, el himno de inicio del ritual eucarístico. La misa ha comenzado.

Algunos fieles siguen ingresando retrasados, ante la mirada escrutadora y juzgante de los que llegaron un minuto adelante, presurosos y avergonzados, más que por la tardanza, por la inevitable pasarela que deben realizar buscando algún lugar disponible en los sólidos bancos de madera, para poder resistir los casi 60 minutos del sacramento.

La iglesia hoy luce un lleno absoluto entre telas y tejidos de todos los colores. Se celebra una novena importante que ha convocado a sendas comparsas educativas e institucionales, que ocupan los lugares más importantes del templo. Los brillos aterciopelados de sus atuendos característicos conjugan con la suntuosidad de los hábitos de las hermandades. Todo está vestido de gala.

De pronto, hace su ingreso una penosa dupla: un niño de aproximadamente 12 años seguido de su madre, de unos treintaitantos, con una sola y evidente característica en común: la pobreza, evidenciada, más que en las modestas ropas que llevan puestas, en sus anquilosados cuerpos que develan largas jornadas de ayuno prolongado.

El niño, de lento y reptante andar, se acomoda en el último reclinatorio de la parte posterior del templo. Luce zapatos desgastados por el tiempo y polo y pantalón de buzo raídos con el logo de un colegio estatal. Aunque esto último da una señal de alivio, porque probablemente el estudio no le es aún ajeno a su deplorable condición; la somnolencia instalada en su rostro, a causa de la desnutrición, no garantiza ningún resultado alentador.

Las lecturas y el sermón se suceden ajenas a esta cruel realidad. Lo visible para el ministro de la iglesia son las delegaciones oficiales de oferentes, que compiten en mostrar sus mejores galas, como corresponde, sin sospechar siquiera que centímetros atrás de sus vestiduras y estandartes se halla instalado una muestra del infortunio humano.

Los extenuados párpados del púber se cierran de cuando en cuando, agotados por la falta de la ingesta de alimentos, inclinando la cabeza sobre su descarnado pecho, dejando ver las pronunciadas vértebras del cuello, en insultante contraste con las robustas y coloradas mejillas de la mayoría de asistentes. Un poco alejada, pero pendiente de él, la angustiada, pero amorosa mirada de la madre le brinda una protección invisible a los ojos de los demás.

En el momento supremo de la ceremonia, la hostia y el cáliz son levantados para su consagración. “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”. Si tan solo ese pedazo de pan sagrado pudiera saciar el hambre de estos desdichados… A estas alturas, la verdadera homilía se ha situado en el cuadro que nos toca presenciar.

El tema de la pobreza puede ser abordado desde todos los ángulos. Siempre habrá pretexto para no hacer nuestro el problema: desde el criticado asistencialismo inmediato, hasta la denunciable mafia que explota y lucra con la miseria humana. No doy limosna o ayuda humanitaria, porque no está bien entregar el pescado, sino enseñar a pescar. No compro el producto ofrecido por un niño, porque aliento la explotación infantil. Sin embargo, el niño que tengo al frente no ha venido a ofrecernos ni pedirnos nada; solo vino a descansar un poco su desnutrido y afligido cuerpo.

Termina la ceremonia y todos salen satisfechos por el sermón, el ambiente de santidad o por haberse mostrado piadosos asistiendo al acto litúrgico. La madre se acerca al niño enjuto y lo abraza con ternura, mientras que en la puerta del templo los oferentes reparten un biscocho bendecido. En ese instante, cogido de la mano de su madre, se acerca otro niño y le ofrece el biscocho que acaba de recibir. Tal parece que no fui el único que percibió la triste escena.

Más grande que la pobreza física, es la espiritual, porque mientras la primera puede ser afrontada con actos concretos, la segunda a veces pasa desapercibida por quien la sufre.

     
 

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