¿Premio o veneno?

Delci Fiorella Luyo Marcellini
Maestra en Salud Pública y Docencia Universitaria

La golosina no satisface nuestras necesidades nutricionales, perjudica la salud de niños y adultos; sin embargo, para muchos, aún más para nuestros niños, es muy difícil dejarlo.

Bart Hoebel, especialista en adicciones, nos muestra un estudio realizado en la universidad de Princeton, Nueva Jersey, en el que se brinda cocaína en forma líquida a ratas de laboratorio para crearles el fenómeno de la adicción. Un día, el investigador desea hacer un cambio en la dieta de estas ratas y decide probar con agua azucarada, para medir el grado de adicción con una sustancia neutral e inofensiva. Finalmente, ambas sustancias son ofrecidas simultáneamente. Las ratas adictas del experimento, entre 80 a 90 % en 2 mediciones, prefirieron el agua azucarada e ignoraron la solución de cocaína.

Este estudio lo presenta como prueba de la capacidad adictiva del agua azucarada, demostrando que el azúcar es tan o más adictiva que la cocaína.

Hay diversas investigaciones actualmente como la que nos presenta el nutriólogo Ismael Chundi, realizada en Borneo, Francia, en el que nos explica tras un estudio en personas, donde compara a un grupo de ellos que consumen helados todos los días con otro grupo que no lo consume, controlando su actividad cerebral constantemente. Como resultado, los consumidores habituales de helados no presentan actividad cerebral en el área de la recompensa y por ende el placer; mientras, los no consumidores presentan una actividad normal. Esto quiere decir que, si no se refleja placer luego de consumir algo, requieres una dosis mayor para sentirlo; lo mismo que ocurriría con la necesidad del consumo de drogas.

Sería imposible negar por completo a nuestros hijos el consumo de dulces, pero podemos controlarlo y reemplazarlo por golosinas sanas o naturales»

La razón de ello es que la glucosa; es decir, el azúcar, estimula la secreción de serotonina (“hormona del placer”) de forma continua y, por ello, resulta más difícil sentirse bien a menudo sin azúcar.

Además, el azúcar que se considera tan adictivo como la cocaína, produce estímulos cerebrales en las neuronas de la recompensa y motivación del cerebro. Cada ingesta de azúcar libera también dopamina exactamente igual a lo que sucede con las drogas.

Si no fue suficiente saber que el consumo de golosinas en nuestros hijos, cuyo principal ingrediente es el azúcar, provoca caries, sobrepeso, envejecimiento prematuro, falta de concentración, memoria y aprendizaje, riesgo de diabetes, de enfermedad del hígado graso, los problemas gastrointestinales, de cuadros de asma, acné y muchos problemas más, entonces le brindo a usted una razón más para alejarla de nuestros pequeños: la adicción.

En verdad sería imposible negar por completo a nuestros hijos el consumo de dulces, pero podemos controlarlo y reemplazarlo por golosinas sanas o naturales como frutos secos, mermeladas caceras, snacks naturales preparados en casa, etc.; y, claro, enseñar con el ejemplo. Lo que se ve, se aprende.

Es importante también tener en cuenta el cómo saber diferenciar si nuestros niños son adictos a las golosinas o no. El científico calcula que el consumo de 100 gm. diarios o más, o el equivalente de 20 cucharaditas implica adicción; por tanto, afección neuronal.

Un dato adicional. Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre el consumo de azúcar es de que no debería superar el 5 % de la ingesta habitual de alimentos (en una dieta de 2.000 calorías) esto se traduciría a unos 25 gramos al día (6 cucharaditas de café).

Nos toca reflexionar, quizá estemos ofreciendo a nuestros hijos al momento de premiarlos con una golosina —que muchas veces es lo que solemos hacer— una droga dura, y estemos teniendo una actitud hacia las golosinas o al azúcar similar al que en su momento, en los 60, se tenía por el tabaco cuando este no se consideraba adictivo.

     
 

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