¿Puede la fraternidad ciudadana salvar la democracia peruana?

Pier Paolo Marzo Rodríguez
Pier Paolo Marzo Rodríguez

«Esta democracia ya no es democracia», corean conciudadanos y conciudadanas de Puno al son de instrumentos de viento y percusión. En varios lugares, incluso al frente del edificio de la Dirección de Investigación Criminal y la Dirección Contra el Terrorismo, en la avenida España. Allí van contagiando con el ritmo de la canción a personas de Lima y de diversos lugares, incluso de zonas distantes geográfica y culturalmente del altiplano, como Chiclayo y Huánuco. Pues entre las abogadas y abogados que se han acercado a asumir la defensa de los cerca de 200 detenidos arbitrariamente por efectivos policiales, hay al menos un par que ha viajado desde ciudades distantes para apoyar legalmente a las víctimas de la represión indiscriminada del régimen de Dina Boluarte y su presidente de Consejo de Ministros, Alberto Otárola.

Eso no es todo. Sin recibir honorario alguno, defensoras y defensores de derechos han estado en la mañana, tarde, noche y madrugada en los distintos escenarios de dicha arbitrariedad masiva. Desde poco después de la violenta incursión en los predios de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la mañana del sábado, hasta la madrugada del lunes en la división de asuntos sociales de la Policía Nacional del Perú, esperando la devolución de los DNI de las personas liberadas, pues el abuso llegó al extremo de no devolverles documentos de identidad al disponerse que no había razón para que continuasen privados de su libertad.

En otro orden de la fraternidad, jóvenes y exjóvenes, en la misma línea del rector de la Universidad Nacional de Ingeniería, Alfonso López – Chau, vienen buscando locales para facilitar alojamientos a sus conciudadanos y conciudadanas que están llegando a Lima desde Puno, Cusco Apurímac, Arequipa y Cajamarca. Algunos están ayudando con colectas. Otros han constituido brigadas de apoyo en salud en el terreno, de desactivación de bombas lacrimógenas, o de asistencia sicológica. Que suman a quiénes preparan y sirven cientos de platos de comida o, eventualmente, acompañan y atienden heridos por la represión policial.

Y a otro nivel, en muchas ciudades, no sólo en las de donde provienen los viajeros a la capital, ciudadanos y ciudadanas se autoconvocan para marchas, vigilias solidarias o actividades artísticas, que transitan de la protesta por las muertes a causa del desprecio por la vida de quiénes se aferran a su efímero poder, a la celebración de dicha fraternidad que va sumando a cada vez más personas.

Esta fraternidad no tiene un centro directivo (al igual que las movilizaciones ciudadanas), es intergeneracional y trasciende la geografía. Y suma al esfuerzo ciudadano por financiar con colectas públicas, los costos de los viajes, que se completó con la entrega de fiambres en las ciudades donde los buses se detenían. Es temprano para saber si será la levadura en la masa de una nueva ciudadanía peruana. Pero desde ya, esas acciones de amor ciudadano nos muestran que aún en los tiempos más oscuros y por encima de la indiferencia, desinformación y hasta hostilidad de ciertas personas en la capital y otras ciudades, brillan signos de fuerzas vitales capaces de regenerar nuestra alicaída democracia y darle una nueva forma, más acorde con los anhelos de justicia compartidos como base del desarrollo integral de nuestro país.

     
 

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