Que aprenda quien pueda

Jorge Cabanillas Quispe

A finales del 2019 en algún mercado de Wuhan, un chinito, seguro sin ninguna mala intención, se comía una hamburguesa de murciélago con todas las cremas o quizá fue en algún laboratorio de dicha ciudad o a lo mejor fue producto de esos personajes invisibles que pertenecen al denominado nuevo orden mundial. Miles de versiones, desde las más disparatadas propagadas por cuanta red social existe hasta una que otra científica que nadie escucha, se ensayan; sin embargo, hasta hoy nadie, o eso creo, sabe cómo o dónde se originó exactamente el SARS-CoV-2. Lo cierto es que desde entonces ese virus ha viajado por todo el mundo ocasionando innumerables muertes, expandiendo a su paso un temor enorme en todo el mundo, envolviéndonos en un ambiente de incertidumbre; pero también haciendo que uno que otro malnacido haga de la salud un negocio redondo o que los gobernantes sean de estado, regiones, provincias o distritos vean la forma más rápida de lucrar robando todo lo que puedan sin importarles un pepino el dolor ajeno o uno que otro empresario angurriento vea en la educación un medio para cambiar su vida sin reparo de que el alumno aprenda o no.

Una mañana de marzo, en un aula mientras Felipe hablaba de la conjugación verbal, el promotor de la academia donde dictaba se asomó por la puerta del salón anunciando que había un caso del virus chino en un colegio de la ciudad. «Vaya suerte de este pueblo», pensó, pues nadie podía tan siquiera imaginar que un virus de otro continente iba a instalarse tan rápido en ese pueblo.

En ese momento, ni él ni sus alumnos imaginaron que sería la última vez que iban a encontrarse; se despidieron agitando las manos. De repente, Felipe se vio en un aula completamente vacía y con una pizarra a medio escribir.

Recuerda eso, piensa en lo que vino después, en los dueños o directores de los lugares en los que trabajaba, no los recuerda con rencor es cierto, pero sigue pensando que fueron unos canallas y aprovechados que, a pesar de no reducir un solo centavo el precio de la pensión, le habían reducido so pretexto de pandemia el sueldo a sus trabajadores, las horas dictadas a sus profesores y les obligaron a grabar tres o más videos al precio de uno. Supo entonces que sus eslóganes eran tan solo frases dichas que nunca vivieron, porque la educación nunca fue un objetivo noble para ellos; piensa en la frustración de muchos de sus colegas, pero sobre todo en la de sus alumnos.

El Estado no dio ni una sola estrategia para que esto pueda revertirse de alguna manera, para que las directivas, que daban los burócratas sentados cómodamente en el Ministerio de Educación con toda la conectividad y con todos los accesos habidos y por haber tenían, funcionen. Por ello, cientos de estudiantes de todos los niveles se quedaron estancados en el tiempo, sin aprender más allá de lo que se podía en la vida cotidiana, estableciendo relaciones sociales subjetivas, encerrados en mundos aleatorios y, en ocasiones, distópicos.

Tiene ahora más dudas que certezas, sabe que ni al Legislativo ni al Ejecutivo le importa la educación, sabe que ellos ahora están enfrascados en volver en el tiempo, en debates absurdos para salvar su quincena, en negociaciones para avalar la mediocridad de estafadores que tenían universidades de cartón o de sindicalistas que se creen con el derecho de ser mantenidos por el Estado por el simple hecho de que pusieron a un profesor de presidente.

Felipe espera el día en que pueda volver a un aula llena y rellenar esa pizarra que quedó a medio completar, promete no regañar a sus alumnos cuando bromeen o suelten alguna risotada que haga eco en todo el local; hace voto para que todo esto pase, pero sobre todo tiene la firme convicción de que miles de estudiantes aguardan como él volver a hablar de geometría del espacio, de Gabo, de la suma de ángulos, etc., etc., a pesar de tener al frente un Estado que le importa un reverendo carajo que ellos superen sus conocimientos, y que parece tener como consigna que aprenda quien pueda mientras ellos puedan lucrar como quieran porque no importa a estas alturas dónde se origine un virus ni el daño que este ocasione mientras esos zánganos puedan acorralar y robar a su tan mentado pueblo.

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