Relleno de corrupción

Doenits Martín Mora

Estás en una cafetería, ocupando una mesa, a punto de comer la papa rellena que te trajeron, cuando dos señores arropados se acercan y te preguntan si pueden ocupar los asientos vacíos. Miras alrededor; te percatas que no hay más lugares disponibles. Accedes. Ellos, sonrientes, jalan sus asientos y se ubican en diferentes lados de la mesa. Aprecias la papa rellena: enorme y robusta. Sorbes el refresco que la acompaña. Desciendes el tenedor hacia la masa dorada, la seccionas y engulles un bocado. Degustas, complacido, cuando los señores retoman una conversación.

—Como te decía, compare, ese día me salvé de pagar el doble por la intervención. Esa suerte quisiera tener todos los días.

—Cuando te sonríe la vida, no hay mala racha que valga, compare. Ese día estabas con todas las de ganar.

La mesera, una muchacha frágil, con el cabello recogido, se acerca.

—¿Qué se van a servir los señores? —pregunta, sosteniendo una libreta.

Los hombres miran alrededor, se vuelven hacia ti y aprecian tu bocadillo.

—Lo mismo que el joven ¾dicen.

—También dos vasos de refresco, bien helados.

Continúas comiendo, indiferente a su compañía. Pero los hombres retoman la conversación cuando la mesera se retira.

—¿Qué podía hacer si el policía no quería darme su número de cuenta para hacerle el depósito?

—Cómo te va a dar su número de cuenta, pues, compare. Con esa prueba pierde su trabajo, incluso puede irse preso.

Levantas la vista, incómodo, para indicar tu presencia. Pero los señores no se dan por aludido.

—Le dije que no tenía más que esos cien soles en efectivo. Fue a hablar con su superior unos minutos y me dejaron ir.

—Eres un lechero de la pitri mitri, compare. No hay nada que hacer.

Ahora entiendes lo que sucedió. Hubo un arreglo deshonesto por el que se sienten complacidos. No te sorprende su factibilidad, sino que se exhiba con desparpajo. Todos alguna vez conocimos un hecho similar y lo asumimos posible. Quizá lo reprobamos porque es cuestionable, pero no negamos su ejecución. El rótulo de que la corrupción está enquistada en el país es una verdad latente, un pacto tácito. «Antes era peor», te consuelas. Pero no dejas de pensar en la depravación sistemática del país. Recuerdas una noticia reciente: «Pedro Castillo tuvo reuniones ‘personales’ en la casa de Breña». Los titulares siguientes: «Karelim López se benefició con contrato después de reunión en Breña». «Chofer depositó veinte mil soles a Bruno Pacheco, ex secretario de la Presidencia». Entiendes que el disimulo más bien esclarece la posibilidad de los arreglos fraudulentos. «Seguimos jodidos», piensas. «Como antes, o peor».

—Lo mejor de todo es que me sobró dinero para volver donde las venezolanas. Pasaba la tarjeta y ellas contentas con los tragos.

La conversación continúa, pueril y distendida. Te llevas el puño a la boca al aclararte la garganta, como muestra de desaprobación, pero ellos continúan conversando.

—Fue una gran noche, sin lugar a duda, compare. Los astros se alinearon para verte feliz por un día.

La mesera aparece con los platos de papa rellena. Dócil y servicial, los deja sobre la mesa, frente a cada hombre. Se retira. Engulles trozos de papa rellena untados en ají, para terminar pronto con el disgusto. La garganta te arde. Quieres otro vaso de refresco, pero no tienes más dinero. Quieres levantarte y retirarte cuanto antes. Pero luego te preguntas: ¿por qué?

—¿Y qué más sucedió después? ¾intervienes, con ojos desafiantes¾. Yo no hubiera regalado ni un solo centavo al policía. Bastaba con grabarlo para liberar mi conciencia, ¿no les parece?

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