Sin marcha atrás

Jorge Cabanillas Quispe

Recordó en medio de tantos papeles escritos, que, cuando era niño, le había dicho a su bisabuela que, de grande, quería contar historias como ella. Lo miró con cariño, le dijo entonces que las historias habían sido creadas por otros y que no siempre eran como ella las contaba, que a veces les cambiaba el final para que no le parezcan aburridas ni tristes. Él la miró fijamente a los ojos y le confesó que él también cambiaba el final de las historias en el cuaderno de caligrafía que su mamá le había comprado. Eso era algo que hasta ese momento no le había dicho a nadie porque sentía que no estaba bien, que era una afrenta a los hombres que habían creado esas historias y que si se lo contaba a alguien lo iban a regañar. La anciana lo abrazó fuerte y le contó acerca de un muchacho que vivió en un lugar muy lejano y que cuando cambiaba las historias evitaba desgracias en su pueblo como las inundaciones en las épocas de grandes lluvias o evitaba la muerte dolorosa de algún anciano o algún accidente que podía ser mortal.

De repente, el galeno volvió al consultorio con algunos papeles y lo distrajo de sus evocaciones. Se sentó y comenzó a escribir en la computadora. Suspiró profundamente dos veces y se quedó mirando al vacío un instante. El paciente pensó que seguramente había recibido alguna mala noticia o que simplemente estaba sumamente agotado por la jornada de aquel día. Después de todo, los hospitales deben de ser los lugares menos agradables del planeta y, peor aún en este país, en el que para enfermarse hay que llevar un taller de burocracia para poder ser atendido.

El doctor volvió en sí luego de un instante, miró fijamente a su paciente, le preguntó por su edad y algunas cosas que ya le había dicho anteriormente. Se le notaba nervioso. Le pidió que lo espere un momento. Felipe observó el consultorio, las paredes de color gris que alguna vez fueron blancas evidenciaban que el tiempo había pasado por ese lugar y que de seguro fue inmisericorde para pacientes, médicos, enfermeros, técnicos y todo ser viviente que haya paseado por esos lugares sin importar su profesión o condición. Le llamó la atención una fotografía que yacía sobre el pequeño escritorio del doctor. Pensó en su bisabuela nuevamente, «cada imagen, hijo, tiene una historia», le solía decir cuando le enseñaba las estampitas de los santos. En silencio se preguntaba si aquel muchacho de la fotografía era algún familiar del médico que lo estaba atendiendo porque le parecía haber visto su imagen en algún diario local. El galeno ingresó nuevamente al consultorio, le entregó un sobre y le dijo que lo abra. Felipe asintió con la cabeza, abrió el sobre, miró al doctor y le dijo que necesitaba un traductor porque no entendía absolutamente nada. El hombre de chaqueta blanca entonces extendió la mano y tomó el sobre.

Una a una las palabras eran trasladadas por un viento frío hasta los oídos de Felipe quien ahora, con un temblor que trataba de ocultar, entendía todo. Tras un largo silencio, confirmó que el muchacho de cabello ondulado de la fotografía era el hijo del doctor que había fallecido hacía pocos días en un accidente de tránsito, confirmó que hay historias cuyo final no se puede modificar, que, en palabras del médico, habían cosas que no tenían marcha atrás. Recordó entonces lo dicho por su bisabuela el día en que le enseñó el cuaderno de caligrafía: «Todas las historias, hijo, pueden tener otro final, menos la que es escrita por la mano de Dios». Felipe miró al techo, agachó la cabeza y se encontró con la mirada del doctor. Se despidió con un movimiento de manos. Supo entonces que iría a buscar su viejo cuaderno de caligrafía y que quizá esa historia, aunque algún dios sarcástico o un demonio sea el autor, pueda ser cambiada.

     
 

Agregue un comentario