Solo reflexiones…

Andrés Jara Maylle

Mis maestros, mis padres, mis hermanas mayores, mis abuelos (que ya no están), todos ellos alguna vez fueron jóvenes.

El heladero de la esquina, el tendero que todas las mañanas vende pan al menudeo, el campesino achacoso que camina cansadamente, el chofer que pasa raudo con su pesado camión, también ellos alguna vez fueron jóvenes.

Esos ciudadanos anónimos que veo caminar por estas calles atestadas de motos y trimóviles; hombres y mujeres que se cruzan sin siquiera saludarse porque no se conocen entre ellos; el jubilado que va al seguro para que le tomen la presión o le midan su glucosa, también en su momento fueron jóvenes.

Esos cesantes que en las bancas de la plaza de armas, mañana, tarde y noche pierden el poco tiempo que les queda, sentados y conversando sobre cosas anodinas y sin importancia, para después levantarse y emprender la retirada, cada uno por su lado hasta el día siguiente; ellos, por supuesto, alguna vez también fueron jóvenes.

¿Cuándo dejaron de serlo? Vaya uno a saberlo.

Tal vez dejaron de ser jóvenes cuando, andando los años, de pronto y sin ninguna razón aparente, empezaron a creer que todo tiempo pasado fue mejor (perfecta señal de envejecimiento). De pronto, digo, empezaron a usar frases como «en mis tiempos…», «en aquellos años la vida era buena…», «estos muchachos de hoy ya no son como los de antes», «me acuerdo que…», «te acordarás que…» etc., etc. Entonces ya no viven, solo sobreviven el presente, porque su tiempo se quedó atrás cuando fueron jóvenes.

O acaso dejaron de ser jóvenes cuando en el momento menos pensado y menos esperado, algún impertinente, tal vez una prima, una tía, un cuñado o una ex, sin qué ni por qué, les dice mirándolo fijamente a la cara: «Vaya, no me había dado cuenta, pero la verdad es que te pareces mucho a tu padre» (otra perfecta señal de envejecimiento). Si en el correr de los años, de un momento a otro, uno empieza a parecerse al padre o a la madre, no hay duda, habrás comenzado a envejecer irremediablemente. Las facciones en el rostro no mienten y cuanto más te pareces a ellos, más lejos estarás de la bella pero fugaz juventud nuestra.

También puede ser que dejaron de ser jóvenes cuando, consumidos por el tedio, la rutina, la vida fofa y lastrada por costumbres y hábitos incambiables perdieron la capacidad para enamorarse (otra perfecta señal de envejecimiento). Dicen que se es joven mientras se ama, mientras en algún lugar de nuestro ser, sobreviva algún rescoldo para el amor, o alguna brasa sentimental se asome entre tanta ceniza.

El amor, en ese sentido, dicen, es revitalizador, tonificante, acaso rejuvenecedor. Y dejar de amar, percibir que ya no somos capaces de enamorarnos es un inequívoco síntoma de que ya no somos jóvenes, de que la vejez muy pronto se enseñoreará en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.

El dilema puede radicar en que muchos, por no decir todos, los que alguna vez fueron jóvenes y dejaron de serlo por las razones que describimos, o por lo que fuera, muy tarde se dieron cuenta que ese preciado e inasible bien llamado juventud no es eterno; por el contrario, para muchos es demasiado fugaz, pasajero, momentáneo, efímero, fugitivo.

Y no se dieron cuenta que el tiempo, ese juez cruel e imparcial, no hace distingos de nada. Solo estampa su firma en nuestros rostros, en nuestra vida entera, en nuestras conciencias.

Pero no seamos pesimistas, pues mientras tengamos la vida por delante, vivámoslo vivamente, siguiendo el ejemplo de tantos jóvenes de todas las edades, antes que nos convirtamos en recordatorios de misas o en motivo de romerías de familiares a los camposantos con un ramo de flores en las  manos.

Huánuco, 22 de enero de 2023.

     
 

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