Te cuento, maestro…

Andrés Jara Maylle

Te cuento, maestro, que hace un par de meses conversamos informalmente con algunos amigos para ver qué podríamos hacer para recordarte mejor cuando cumplieras un año de tu irreparable partida.

Y los primeros días de este enero que ya se va, en una conocida cebichería que nos decepcionó por su mala atención y su pésima comida, nos reunimos Irving Ramírez, Valentín Sánchez, Juan Giles y yo para definir nuestra actividad del viernes 14, viernes infausto para todos los amigos que te queremos y te extrañamos.

Así, en una mesa en donde extrañamente sobresalía la gaseosa y el agua mineral más los platos que habíamos pedido, decidimos que convocaríamos a un almuerzo a todos tus amigos con quienes a ti te hubiera gustado compartir si no hubieses realizado ese viaje largo que durará indefinidamente, alejándote de nosotros. Hicimos una lista que bordeaba unas treinta personas de todas las edades: desde jóvenes amigos como Jorge Cabanillas hasta tus viejos camaradas con quienes formaron, allá en los tiempos, la Agrupación Cultural Convergencia.

El encuentro debía ser, maestro, a golpe del mediodía, hora en que a ti te gustaba particularmente reunirte con tus amigos, “hora calurosa en que las calles de Congona se llenan de guardapolvos de colores… hora en que la luz es más intensa y los rayos del sol se filtran por entre las ramas de los árboles… hora también del tintineo alegre y bullanguero de la campanita que anuncia la presencia del camión basurero…” Pero esta vez la reunión-almuerzo se llevaría a cabo en mi huerto, el que tú conociste y te gustaba porque te recordaba a tu infancia en San Sebastián de Quera.

Así decidimos Irving, Valentín, Juanito y este pechito, pero la providencia haría que nuestra voluntad se tuerza de forma inesperada.

Es más, cada uno de nosotros nos repartimos a tus amigos para llamarlos personalmente unos días antes convocándolos ante tu “presencia” invisible. Decidimos también que serviríamos una parrillada de pollo, plato que tú degustabas con especial delectación. Todo estaba listo y definido para compartir contigo un día triste y alegre, un día de recuerdos, de memorias, de presencias y ausencias, un viernes de los peores y de los mejores.

Olvidaba contarte, maestro, que Valentín retrasó intencionalmente para ese viernes (pues como bien sabes el suplemento sale los miércoles) la aparición del suplemento cultural de Página3, con cuya edición te homenajeábamos. O sea, la jornada iba a ser redonda y completa; o como te gustaba decir en circunstancias similares: un día esdrújulo.

Llamé a Irving, Juan y Valentín para decirles que de alguna manera deberíamos reunirnos, aunque sea cuatro gatos para conversar sobre ti, sobre tus libros, sobre tu amistad. Para decirnos, cuánto te extrañamos, carajo, cuánta falta nos haces en estos días difíciles

No contábamos que el maldito virus chino nuevamente haría su odiada aparición. Esta vez con una nueva variante y un nuevo nombre: ómicron. Sucede que días antes del esperado catorce, los contagios a nivel nacional se elevaron exponencialmente. En nuestra ciudad cada día aumentaban más los infectados y los pocos y pésimos hospitales que tenemos estaban (están) a punto de colapsar.

Cinco días antes del catorce, Juan me llamó preocupado por las malas noticias, lo sometimos a deliberación con los demás amigos y decidimos (por la salud de todos quienes te queremos) suspender el anunciado almuerzo en tu homenaje.

Así debió quedar: suspendido hasta próximo aviso. No te imaginas cuánto lamentamos esa decisión y muy en el fondo, cada uno de nosotros nos rebelábamos a nuestra manera. Faltando apenas dos días, llamé a Irving, Juan y Valentín para decirles que de alguna manera deberíamos reunirnos, aunque sea cuatro gatos para conversar sobre ti, sobre tus libros, sobre tu amistad. Para decirnos, cuánto te extrañamos, carajo, cuánta falta nos haces en estos días difíciles.

Y así fue, así tuvo que ser. Y no fuimos cuatro gatos, sino diez. Porque aparte de mí, de Irving, Valentín y Juan (quien no iba a venir pues había decidido recluirse en su casa) hicieron su aparición cariñosa tu pata del alma, Elmer Rodil, también Doenits Martín, Jorge Cabanillas, Alex Ginés, Élmer Campos (Tito) y Willy Cachay, quien trajo su dispensador de cerveza que él prepara con gran calidad y estilo.

Y en nombre tuyo, maestro y amigo, ese mediodía del catorce de enero, fecha en que cumples un año del viaje irremediable que emprendiste sin consultarnos, desempolvamos la parrillera que estaba guardado buen tiempo e improvisamos un almuerzo dorando el pollo a fuego lento, mientras los diez amigos reunidos bajo la sombra del pacae, del naranjo y de los cafetos escanciaban botellas de vino tinto y recibían desde el dispensador espumosos vasos de cerveza preparada por Willy con mucho cariño para sus amigos, para tus amigos. Más adelante, ebrios de recuerdos, todos hablamos de ti, de tus libros, de tu amistad eterna y juramos que no te olvidaremos hasta más allá de la muerte, hasta más allá de tu muerte…

Huánuco, 16 de enero del 2022.

     
 

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